¡DILES QUE NO ME MATEN!,CUENTO DE JUAN RULFO

9fba059db226c1d5ade6d11985c1548b

79b01cd6b4a3e3d5fb8332e491a3ab4b

1625da4d5faf373c950173f611763b08

911afc58b6d186044a57ae8e84265d33

048569e0dd00ce38d81555d5cecb1a8c

a6aaddda5e9570efc48808ae22e644fa (1)

JUAN RULFO

CUENTO DE JUAN RULFO

FUENTE: http://zonaliteratura.com

-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.

-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.

-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.

Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

-No.

Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.

Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:

-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?

-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:

Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.

a98a723184d832cb3c5513aa78db57f3

Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.

Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:

-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.

Y él contestó:

-Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.

“Y me mató un novillo.

“Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.

b0df2d93f9b1a8996ff926651ee71d8d

“Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.

“Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me avisaban:

“-Por ahí andan unos fureños, Juvencio.

“Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida.”

Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. “Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz”.

ba6f7dba6a5a114351397ec334002577

Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correosocurtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.

d8833eb2681dfbc04ab91f96568621e2

Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.

Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.

Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.

Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.

db10b7762c4b71358a36bd8b8c564ac5

Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.

Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.

e53e50e5e7c5adf920232dea44a6ed32

Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: “Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos”, iba a decirles, pero se quedaba callado. “Más adelantito se los diré”, pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.

Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.

Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.

ea0396d25c92b911bfeb5bfae73d2e7c (1)

Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.

Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:

-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.

Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.

-Mi coronel, aquí está el hombre.

Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:

-¿Cuál hombre? -preguntaron.

-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.

-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.

-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.

-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.

-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.

-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.

-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.

Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:

-Ya sé que murió -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:

-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.

“Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.

“Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca”.

Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:

-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!

-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates…!

-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.

-…Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!.

Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.

En seguida la voz de allá adentro dijo:

-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.

Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.

Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.

-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.

English: Photography made by Lupe for publishi...English: Photography made by Lupe for publishing purpose. Português: Fotografia feita por Lupe para divulgação do artista (Photo credit: Wikipedia)

Juvencio ValleJuvencio Valle (Photo credit: Wikipedia)

RELATED ARTICLES
Anuncios

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER (ESPAÑA,1836-1870) “POESÍA Y PINTURA”

Gustavo Adolfo Domínguez Bastida– (España ,1836-1870)

VIDEO RIMAS  GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER

8cc898eb7ebb6a1ddbf03ef701d156cf

6efa6e19f2f5ba03eaa88658a2793995

Poeta español. Es una de las figuras más importantes del romanticismo y sus Rimas supusieron el punto de partida de la poesía moderna española. Nació en Sevilla, hijo de un pintor y hermano de otro, Valeriano. También él mismo practicó la pintura, pero, después de quedarse huérfano y trasladarse a Madrid, en 1854, la abandonó para dedicarse exclusivamente a la literatura. No logró tener éxito y vivió en la pobreza, colaborando en periódicos de poca categoría. Posteriormente escribió en otros más importantes, donde publicó crónicas sociales, algunas de sus Leyendas y los ensayos costumbristas Cartas desde mi celda. Obtuvo un cargo muy bien pagado, en 1864, de censor oficial de novelas. Hacia 1867 escribió sus famosas Rimas y las preparaba para su publicación, pero con la Revolución de 1868 se perdió el manuscrito y el poeta tuvo que preparar otro, en parte de memoria. Su matrimonio, con la hija de un médico, le dio tres hijos, pero se deshizo en 1868. Bécquer, que desde 1858 estaba aquejado de una grave enfermedad, probablemente tuberculosa o venérea, se trasladó a Toledo, a casa de su hermano Valeriano. Este murió en septiembre de 1870 y el poeta el 22 de diciembre, a los treinta y cuatro años.

8e500a9f0d3968a38d0b6afb2c464cf8

Las Rimas, una colección de setenta y seis poesías, publicadas al año siguiente con el título inicial de El libro de los gorriones, poseen una cualidad esencialmente musical y una aparente sencillez que contrasta con la sonoridad un tanto hueca del estilo de sus predecesores. Formalmente son poemas breves en versos asonantes, donde el mundo aparece como un conjunto confuso de formas invisibles y átomos silenciosos cargados de posibilidades armónicas que se materializan en visión o sonido gracias a la acción del poeta que une las formas con las ideas. Se refieren a la emoción de lo vivido, al recuerdo, a experiencias convertidas en sentimientos. También aparece el amor, el desengaño, el deseo de evasión, la desesperanza y la muerte. Su pureza y humildad, junto con su engañosa sencillez, suponen la -culminación de la poesía del sentimiento y de la fantasía-, en palabras de Jorge Guillén, y como dijo Luis Cernuda: -Desempeñan en nuestra poesía moderna, un papel equivalente al de Garcilaso en nuestra poesía clásica: el de crear una nueva tradición que llega a sus descendientes.-

328e81d7f3431875cca2c807b0c96f1e

873adfcf9ccfe91adc6b9b7f0c391698

Un acento poético semejante y una calidad artística nada inferior, tienen las Leyendas, título con el que se agrupan todas las narraciones en prosa de Bécquer. Se publicaron originalmente en periódicos, entre 1861 y 1863, por lo que se supone que su composición fue anterior a la mayor parte de las Rimas. Son veintidós y están escritas con un estilo vaporoso, delicado y rítmico, donde abundan las descripciones, las imágenes y las sensaciones. Revelan un aspecto importante del romanticismo literario de su autor al mostrar un interés artístico y arqueológico por la edad media, con sus templos y claustros románicos o góticos, campos sombríos y calles tenebrosas, palacios y castillos. Predomina en ellas un espíritu donde se impone lo misterioso, lo sobrenatural y mágico con historias de raíz popular en muchas ocasiones, en las que la búsqueda de lo inalcanzable suele ser su argumento central. Bécquer también escribió teatro, adaptó obras dramáticas ligeras francesas e italianas. Colaboró en una gran obra editorial, Historias de los templos de España, de la que sólo apareció un volumen, en 1864. Y en sus Cartas literarias a una mujer, de 1860-61, expone sus puntos de vista con respecto a su poesía, que para él es -estética del sentimiento.- Las Rimas y las Leyendas de Bécquer continúan editándose con regularidad y, aún hoy en día, constituyen uno de los puntos de referencia capitales de la literatura moderna española.

4915b749004b72ca65a9de479a40be7d

becquer2

FUENTE: http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1452

TEXTOS

La cueva de la mora (fragmento)

“ Frente al establecimiento de baños de Fitero, y sobre unas rocas cortadas a pico, a cuyos pies corre el río Alhama, se ven todavía los restos abandonados de un castillo árabe, célebre en los fastos gloriosos de la reconquista por haber sido teatro de grandes y memorables hazañas, así por parte de los que lo defendieron como de los que valerosamente clavaron sobre sus almenas el estandarte de la cruz. De los muros no quedan más que algunos ruinosos vestigios; las piedras de la atalaya han caído unas sobre otras al foso y lo han cegado por completo; en el patio de armas crecen zarzales y matas de jaramago; por todas partes adonde se vuelven los ojos no se ven más que arcos rotos, sillares oscuros y carcomidos; aquí un lienzo de barbacana, entre cuyas hendiduras nace la yedra; allí un torreón que aún se tiene en pie como por milagro; más allá los postes de argamasa con las anillas de hierro que sostenían el puente colgante. 

62679437824ad6d588a68a5b003630cf

0dcfa55eea93d103d538b1bd7bc5f436

Leyendas (fragmento)

“ -Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío. ¿Qué os sucede? Desde aquel día, que yo siempre tendré por funesto, en que llegasteis a la fuente de los Alamos en pos de la res herida, diríase que una mala bruja os ha encanijado con sus hechizos. Todas las mañanas tomáis la ballesta para enderezaros en solitario a la espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche oscurece y volvéis pálido y fatigado al castillo, en balde busco en la bandolera los despojos de la caza. ¿Qué os ocupa tan largas horas, lejos de los que más os quieren?
Mientras Iñigo hablaba, Fernando, absorto en sus ideas, sacaba maquinalmente astillas de su escaño de ébano con el cuchillo del monte.
Después de un largo silencio, el joven exclamó, como si no hubiera escuchado una palabra de su servidor: -Iñigo, tú, que eres viejo; tú, que conoces todas las guaridas del Moncayo, dime ¿has encontrado por acaso una mujer que vive entre sus rocas?
-¡Una mujer! -exclamó el montero con asombro.
-Sí -dijo el joven-; es una cosa extraña lo que me sucede, muy extraña… Creí poder aguantar ese secreto eternamente, pero no es ya posible. Voy, pues, a revelártelo… Tú me ayudarás a devanecer el misterio que envuelve a esa criatura que, al parecer, sólo para mí existe, pues nadie puede darme razón de ella… Desde el día en que llegué a la fuente de los Álamos y, atravesando sus aguas, recobré el ciervo que vuestra superstición hubiera dejado huir, se me llenó mi alma del deseo de la soledad. Tú no conoces el sitio. Mira: la fuente brota escondida en el seno de una peña y cae resbalando gota a gota por entre las verdes y flotantes hojas de las plantas que crecen entre los céspedes, y, susurrando, se alejan por entre las arenas, y forman un cauce, y luchan con los obstáculos que se oponen a su camino, y saltan, y huyen, y corren, unas veces con risas, otras con suspiros, hasta caer en un lago. En el lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no sé lo que he oído en aquel rumor cuando me he sentado solo y febril sobre el peñasco, a cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa para estancarse en una balsa profunda, cuya inmóvil superficie apenas riza el viento de la tarde. Todo allí es grande. 

a14cae83169afc58313c331061c47a7d

becquer1

Olas gigantes, que os rompéis bramando, de Rimas

“ Olas gigantes, que os rompéis bramando,
en las playas desiertas y remotas:
envuelto entre las sábanas de espumas,
¡llevadme con vosotras!

Ráfagas de huracán, que arrebatáis
del alto bosque las marchitas hojas:
arrastrado en el ciego torbellino,
¡llevadme con vosotras!

Nubes de tempestad, que rompe el rayo,
y en fuego ornáis las desprendidas orlas :
arrebatado entre la niebla oscura,
¡llevadme con vosotras!

Llevadme, por piedad, a donde el vértigo
con la razón me arranque la memoria…
¡Por piedad!… ¡Tengo miedo de quedarme
con mi dolor a solas! ”

ae8caddaa9559a525d9bc33d0cee92aa

b4000bff6267588e9feb3b0cad27b3d1

RELATED ARTICLES

MARÍA MOLINER,”EL ESPÍRITU DE UNA BIBLIOTECARIA COMPROMETIDA”

Maria moliner 6

CENTRO VIRTUAL CERVANTES FUENTE:  http://cvc.cervantes.es
 

MARÍA MOLINER

moliner3_600

Biografía

maria1

Por María Antonia Martín Zorraquino

María Moliner nació en Paniza (Zaragoza) el 30 de marzo de 1900, en el seno del matrimonio formado por Enrique Moliner Sanz, médico rural, y Matilde Ruiz Lanaja: Un ambiente familiar acomodado (el abuelo paterno había ejercido también la medicina rural y los abuelos maternos poseían, al parecer, tierras), en el que los tres hijos que superaron los entonces tan frágiles años de la infancia —Enrique, María y Matilde— cursaron estudios superiores.

tarjeta_escolar_p

En 1902, según testimonio de la propia María Moliner, padres e hijos se trasladaron a Almazán(Soria) y, casi inmediatamente, a Madrid. En la capital, siempre según cita de D.ªMaría, los pequeños Moliner estudiaron en la Institución Libre de Enseñanza, donde fue, al parecer, don Américo Castro quien suscitó el interés por la expresión lingüística y por la gramática en la pequeña María. Los primeros exámenes del bachillerato los hizo María Moliner, como alumna libre, en el Instituto General y Técnico Cardenal Cisneros de Madrid (entre 1910 y 1915), pasando en julio de 1915 al Instituto General y Técnico de Zaragoza, del que fue alumna oficial a partir de 1917 y donde concluyó el bachillerato en 1918.

Entre 1918 y 1921, María Moliner cursó la Licenciatura de Filosofía y Letras en la universidad cesaraugustana (sección de Historia), que culminó con sobresaliente y Premio Extraordinario.

moliner2_504

Y en 1922 ingresó, por oposición, en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, y obtuvo como primer destino el Archivo de Simancas.

Tras una breve estancia en Simancas, María Moliner pasa al Archivo de la Delegación de Hacienda de Murcia. Será en esa ciudad donde conocerá al que será su marido, D.Fernando Ramón y Ferrando, catedrático de Física. La pareja contrae matrimonio en la Parroquial de Sagunto, el 5 de agosto de 1925, e inicia una vida conyugal armónica y compenetrada, la de dos intelectuales comprometidos con su vocación y con la sociedad en la que viven, a la que tratarán de dar lo mejor de sí mismos.(…)

moliner_1925_boda_600

María Moliner, hoy

Por María Teresa Fuentes Morán

Conozco a muchas personas, profesionales de ámbitos muy variados, que tienen en su biblioteca el Diccionario de uso del español. Entre ellos hay periodistas, lingüistas, escritores, traductores y estudiantes, y muchos afirman que lo consultan con frecuencia. He oído llamar a este diccionario «el Moliner»; con más frecuencia «el María Moliner» —aunque nunca he oído hablar, por ejemplo, de «el Julio Casares», sino más bien de «elCasares»—.

1097a8f6b39c86f41244f598ec6e3716

Muchos hablan de doña María, y aquel simpático y competente equipo de lexicógrafas cubanas con quien tuve ocasión de trabajar citaba a Marita como si de una parienta cercana se tratara y las consultas en el diccionario parecían más bien conversaciones con alguien a quien se conoce bien y se quiere. Y es que María Moliner lleva décadas acompañando a muchos en sus tareas profesionales y ayudándoles a abrir las puertas que algunas barreras lingüísticas les cerraban.

La conciencia de que un diccionario que no se renueva está destinado a desaparecer llevó a la editorial Gredos a preparar una nueva edición que actualizara la obra en algunos aspectos. Creció el diccionario en aproximadamente un diez por ciento, el sistema de ordenación por familias se reemplazó por el alfabético, se revisaron y corrigieron diversos detalles…

diccionario_470

Así, un diccionario al que, según algunos, acechaba el peligro de convertirse en pieza de museo habría quedado renovado y por tanto no habría perdido vida. Pero este delicado trabajo habría sido la vana pretensión de dar vida a un árbol seco si este árbol no hubiera mantenido fuertes sus raíces y robusto el tronco. Según la propia editorial afirmó en su momento, esta nueva edición se mantenía fiel al espíritu que movió a la autora a crearlo. ¿Qué define ese espíritu que lo mantiene vivo? Si recorremos las impresiones de aquellos que con alguna frecuencia han entablado amistoso diálogo con esta obra, llegaremos al verdadero secreto a voces del diccionario de María Moliner.

Muchos aprecian en este diccionario la claridad de sus definiciones y es este desde luego uno de los rasgos que lo caracterizan. María Moliner concibió su diccionario como una herramienta, como un instrumento de guía en el uso del español y huyó de todo retoricismo o formulismo que oscureciera la información que trataba de transmitir, lo que hace del suyo un libro de agradable lectura. Una de las condiciones para que se establezca una comunicación satisfactoria es que los interlocutores se entiendan; una de las virtudes que más se deberían apreciar en un diccionario es precisamente esa, que se entienda. Pero la apasionante e ingrata tarea de redactar definiciones claras, completas y precisas, y en todo caso adaptadas al lector, exige del lexicógrafo poner en juego una gran disciplina de trabajo, una profunda sensibilidad lingüística y otras muchas cualidades, innatas o adquiridas.

En los años en los que la revolución informática deslumbra todas las ramas del saber, en los que la tecnología actual ha hecho pasar página a tantos métodos de trabajo ahora considerados anticuados, la lexicografía se ha visto también enriquecida por las nuevas posibilidades que se le brindan. El equipo que elabora un diccionario tiene hoy en día más fácil acceso a la documentación que precisa; tiene la posibilidad de preparar y explotar grandes, tantas veces abrumadoras, bases de datos, las cuales le permiten obtener información objetiva que en parte reemplaza la intuición y amplía los horizontes de la propia competencia lingüística; tiene en sus manos la capacidad de organizar toda esta información de la manera que juzgue más conveniente… Pero, en definitiva, la responsabilidad última sobre el concepto del diccionario que se quiere elaborar, la decisión sobre los tipos de información que resultan pertinentes en cada caso y, no en último lugar, la redacción precisa de todas y cada una de las definiciones recae exclusivamente en el lexicógrafo. Valiente tarea la de escribir un diccionario; admirable la de quien consigue hacerlo bien.

mujeres-libro

Pero a muchos, todavía más que la claridad de las definiciones, lo que nos atrae de este diccionario es la cantidad de información que en él se encuentra. Coherente con la idea de que el diccionario es una herramienta, no escatima esfuerzos la autora en proporcionar en su obra la información que considera oportuna para el adecuado uso del español. Cuando aún no se había desarrollado en España una lexicografía didáctica que pudiera llevar este nombre, cuando el estudio del léxico parecía irremisiblemente desligado del componente gramatical, cuando algunas de las actuales líneas de investigación en lingüística aún no tenían cabida entre nosotros, María Moliner nos informa en su diccionario de cómo, cuándo y en qué circunstancias se usan determinados vocablos para expresar qué, y nos da pistas sobre otros que podríamos tener olvidados. ¿No es este el secreto de un diccionario de uso?

Del Diccionario de uso del español se ha dicho con frecuencia, en tono elogioso, que es una obra hecha por una mujer de talento, fruto de largos e intensos años de trabajo, elaborada con una constancia y sentido práctico encomiables. Bien, pero a estas alturas del milenio, sea este el que sea, queremos suponer que ya no es motivo de asombro o de reverente admiración el que una mujer haya emprendido un trabajo de esta envergadura y además lo haya desarrollado bien; y si son desde luego de admirar las circunstancias en las que se llevó a cabo el trabajo, el tiempo a él dedicado y la meticulosidad que caracterizó a la autora, son estas sólo características que constituyen en sí un indicador, aún no una garantía, de la calidad de la labor desarrollada. No es posible redactar un diccionario sin emplear un tiempo, por lo menos, directamente proporcional a la magnitud de la obra que se emprende. La meticulosidad, la sensibilidad apoyada en una sólida formación, no sólo lingüística, deberían ser virtudes ineludibles en el lexicógrafo y todas ellas se reunieron, sin lugar a dudas, en María Moliner, pero resulta demasiado pobre juzgar una obra de esta envergadura sólo por las cualidades de quien la desarrolló.

Cuando se publicó la primera edición del Diccionario de uso del español, el panorama de los diccionarios monolingües del español era muy distinto al que encontramos hoy en día, especialmente al que encontramos desde hace unos meses. Aún así, el diccionario de María Moliner se ha ganado a pulso su puesto en nuestro escritorio, nuestra confianza y nuestra simpatía.

María Moliner, el espíritu de una bibliotecaria comprometida

moliner_1955_p

Por J. Ignacio Bermejo Larrea

La carta a los bibliotecarios rurales que redactó María Moliner y que se publicó en Valencia en 1937 como prólogo a las Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas, es una de esas joyas de la literatura que andan escondidas en archivos casi olvidados. Su prosa sencilla y ordenada está llena de la belleza funcionalista que consigue el autor pulcro que no pretende nunca ser artista, pero que escribe a golpe de latido de su corazón, sin mediar artificio alguno y cumpliendo, además, con el precepto sagrado de respetar la inteligencia del lector, aun en los momentos más duros de la vida.

¿Escribió María Moliner esa carta ya en plena guerra civil? ¿La tenía preparada antes de su estallido, como texto pensado para orientar a los bibliotecarios rurales en el marco de las Misiones Pedagógicas que creó la República apenas un mes después de haberse proclamado? El hecho es que aparece en 1937 y, para los lectores de hoy, el contexto de la tragedia nos lleva inevitablemente a dotarla de un valor de especial compromiso.

Cuando el ejército insurrecto del general Franco avanza contra las milicias leales al gobierno legítimo de España, María Moliner —mujer y bibliotecaria valiente— alienta a su pacífica tropa de bibliotecarios rurales para que reafirmen su compromiso con los lectores y con los libros, porque piensa que la locura colectiva que asola a su querida España es fruto de la ignorancia y de la injusticia —también cultural— que discrimina secularmente a gran parte del pueblo. El entusiasmo de su palabra nace del ayuntamiento moral entre la ciencia posible de médico rural que María Moliner aprendió de su padre y la fe en «la capacidad de mejoramiento espiritual de la gente», y su mensaje suena como un emocionante canto de confianza en el ser humano y de esperanza en medio del horror de los horrores, esa guerra absurda y fraticida que desangró a España y que marcó a una y más generaciones de españoles.(…)

top10mujeres1-300x200

Introducción
Diccionario de uso del español

Por José-Álvaro Porto Dapena

No quisiera pecar de exagerado si comienzo mi exposición con una afirmación tan sorprendente como real: la mayoría de la gente —incluyo con estudios universitarios, y hasta a veces de filología— no saben utilizar el diccionario; quiero decir que no saben manejarlo adecuadamente y sacarle así todo el partido posible. La realidad es que existe en este país una generalizada ignorancia en materia lexicográfica, propiciada ya desde los primeros años de la enseñanza, en la que apenas se le dedica atención al uso del diccionario. Y así sorprende, por ejemplo, la habilidad de un niño de ocho o diez años para manejar un ordenador, frente a su proverbial torpeza para buscar información sobre una palabra en su pequeño diccionario escolar: dice que no la encuentra o que no la entiende. Y es que para muchos —incluso docentes— enseñar el manejo del diccionario casi no tendría sentido y representaría al final una verdadera pérdida de tiempo, ya que —piensan— ¿quién no va a saber buscar las palabras en un diccionario, si se hallan ordenadas alfabéticamente? Creen que saber manejar un diccionario se reduce al puro y simple dominio del orden alfabético, como si todas las informaciones que éste es capaz de ofrecer respondieran únicamente a ese tipo de ordenación y, sobre todo, como si todos los diccionarios fueran iguales y, por lo tanto, diera lo mismo la utilización de uno u otro a la hora de resolver cualquier duda sobre las palabras. En estas condiciones, no es de extrañar la exagerada frecuencia con que la gente confunde, por ejemplo, un diccionario con una enciclopedia, o piensa que un diccionario es tanto mejor cuantas más entradas contenga o, aunque parezca mentira, que un diccionario histórico del español no es otra cosa que la historia de España escrita por orden alfabético.

diccionario2_504

Se me ha pedido que hablara aquí precisamente de la utilización de uno de los diccionarios monolingües del español sin duda mejor logrados, pero quizá a la vez más controvertidos, precisamente porque presenta ciertas peculiaridades de manejo cuyo desconocimiento ha llevado en algunas ocasiones a críticas negativas poco afortunadas y desde luego injustas. Me refiero al Diccionario de uso del español (DUE) de María Moliner, del que por cierto acaba de salir una nueva edición, realizada por un equipo de expertos y que mejora en varios aspectos la realizada por su autora entre 1966 y 19671. Se trata, en efecto, de un diccionario alfabético, que, al menos en apariencia, no difiere grandemente de cualquiera otra obra de su género, incluido el famoso DRAE o Diccionariode la Real Academia, del que en realidad parte, incluyendo básicamente las mismas palabras, cuyos artículos además están estructurados asimismo en una serie de acepciones.

Pero esto, como digo, no es más que una pura apariencia, ya que el DUE —o el María Moliner o Moliner a secas como se le conoce corrientemente— posee, según vamos a ver de inmediato, unas capacidades informativas de las que carecen otros diccionarios monolingües del español, y, sorprendentemente, desconocidas por muchos de sus usuarios, quienes, por tanto, no le sacan, como digo, todo el partido posible.

Conferencia leída en el
Primer Foro Hispánico de Ortotipografía y Entorno de la Escritura,
Universidad de Málaga, 15 de diciembre de 1999

Puerta de la Villa, Almazán, Soria, España/Spain
Puerta de la Villa, Almazán, Soria, España/Spain (Photo credit: Wikipedia)

Puerta de la Villa, Almazán, Soria, España/Spain (Photo credit: Wikipedia)

Puerta de la Villa, Almazán, Soria, España/Spain (Photo credit: Wikipedia)

FUENTE: http://cvc.cervantes.es

 

RELATED ARTICLES

Miguel Delibes.Biografía Literaria

delibes_abuelos_233

ABUELOS DE DELIBES

delibes_cazando_233

delibes_excursion_468

Si el elemento capital de la literatura urdida por Delibes deviene en la silueta del ser humano que encuadra sus contradicciones con el progreso y con la finitud de la existencia, hemos de subrayar a modo de epígrafe los versos que Jorge Guillén le dedicó, pues en ellos queda acotado ese perfil del escritor vallisoletano, de recia complexión ética:

Admiremos al hombre auténtico de veras,                     Que sabe organizar su vivir y sus libros,                     Muy al tanto de todo, sin inclinarse a nada,                     Porque son tan ajenas          Al manantial continuo de gran inspiración;           Auténtico vivir cuajado en escritura           Límpida, magistral, y así tan convincente,                     Un arte narrativo que recrea                     Campo y Ciudad, sus luces y sus ideas,                     Profundos los paisajes minuciosos,                     Vegetaciones, hombres, animales,                     En medio el cazador.

(Jorge Guillén; cit. por Manuel Alvar,             El mundo novelesco de Miguel Delibes,          Madrid, Editorial Gredos, 1987, p. 114).

Fotografía en color de Miguel Delibes con boina, apoyado en una paredMiguel Delibes.

Al hilo de todo ello, es obvio         que para esclarecer las relaciones de este cazador con las letras   conviene         interpolar detalles de orden biográfico.

Siguiendo a   cierra ojos el currículo, copiamos      la fecha de su nacimiento —17 de octubre de 1920— y ésta nos sirve   para      discutir, sin extendernos en exceso, el marco generacional que más   le conviene. A caballo      entre la generación de 1936 y la de 1950, dice Edgar Pauk que   «Miguel Delibes equidista      de [Camilo José] Cela y [Juan] Goytisolo, y participa de algunas           características de ambos, pero se mantiene independiente de los   grupos           que ambos representan, de tal modo que no es reconocido ni por   el uno ni           por el otro»              (Miguel Delibes. Desarrollo de un escritor, Madrid,               Editorial Gredos, 1975, p. 16). Como nunca escaparemos de la   contradictoria               variedad que son los corrillos y grupos literarios, más vale   etiquetar               por libre al novelista castellano. Afín a la teoría   individualista,               éste rehúye la significación colectiva y exige un trato   personal,               restringido, pues ni siquiera en la vida cotidiana gusta de   las camarillas.

«La hurañía —explica el   narrador—           es algo que me ha caracterizado desde niño. Pero me parece que   debo hacer           una distinción: sí me gusta reunirme con la gente y conversar.   Lo que           no me gusta es conversar con la gente a codazos. A mí me agradan   los espacios           abiertos, me gusta la naturaleza, y también me alegra conversar   con mis           semejantes uno a uno, dos a dos, o tres a tres, pero no más»   («Miguel Delibes. Un castellano de tierra adentro», entrevista por   Joaquín Soler           Serrano, Escritores a fondo. Entrevistas con las grandes   figuras literarias           de nuestro tiempo, Barcelona, Editorial Planeta, 1986, p. 17). Así,           pues, conviene precisar los argumentos sin caer en los planos   generales,           o peor, en los tópicos de grupo. Y si hablamos de estirpe en el   terreno           artístico, habrá que someterla a la línea familiar. De hecho, el   abuelo           paterno, Frédéric Delibes Roux, posee un rasgo muy significativo   al respecto.           «Mi abuelo —dice Delibes— había sido un hombre muy raro, también             huraño y retraído como yo, quizá más huraño y retraído que yo. Y   no sabemos           muchas cosas de él. La única, que era sobrino del compositor Léo   Delibes,           y a veces yo me pregunto si esta herencia, o querencia literaria   y artística           que he recibido, provendrá de este tío-abuelo francés, porque   realmente           en mi ascendencia española no encuentro antecedente» («Miguel   Delibes.           Un castellano de tierra adentro», op. cit., p. 18). Según   consta en los           registros, monsieur Frédéric casó con Saturnina Cortés, y   el matrimonio           acabó afincándose en Valladolid. El hijo de ambos, Adolfo,   contrajo a           su vez matrimonio con María Setién, y fruto de ese enlace   nacieron ocho           hijos, el tercero de los cuales fue don Miguel.

  delibes_colegio2_233

Analizado   en los               elementos que lo componen, hay en el        itinerario vital del escritor un curioso cruce de casualidades que lo        conducen al quehacer literario. Tras cursar estudios en el colegio de        La Salle y sufrir en su ánimo               juvenil los estragos        de la Guerra Civil, el joven Delibes toma los manuales de Derecho y Comercio        con el propósito de labrarse   un futuro               gracias        a tales conocimientos. Por un cauce inesperado, ingresa en 1941 como        caricaturista en El Norte de Castilla, pero, como               él        mismo repetirá más adelante, la mano del destino es   imprevisible,        y su afición a las letras cobra impulso en el citado   periódico: «En        la vida había escrito más que dos docenas de cartas.          Entonces tuve que soltar la pluma para redactar los sucesos, las necrológicas…         lo que se hacía en un periódico de provincias. Pero al         propio tiempo, y aunque parezca complicado de entender, el estudio del libro               de don Joaquín Garrigues, Curso de Derecho Mercantil, me puso               en contacto con la literatura». Acá surge la pregunta: ¿Un   manual               destinado a los opositores puede excitar el gusto por la   narrativa?               El propio escritor aporta una contestación: «No es algo tan   difícil               de comprender si pensamos que don Joaquín Garrigues, el   mercantilista,               era un orteguiano: un hombre que se había criado a los   pechos de Ortega,               lo había admirado mucho y su estilo tenía mucho de   orteguiano. Era               éste un estilo preciso, brillante, que de repente, aun   tratando de               materias tan áridas, se iluminaba con una metáfora   rutilante». Una               forma de escribir como ésta, sobre ello no hay duda,   encandila al               joven estudiante: «Ya no me bastaba una forma cualquiera:   buscaba               una apropiada, que además fuese lo más precisa y brillante   posible.               De manera que, entre don Joaquín Garrigues, El Norte de   Castilla y mi mujer [Ángeles de Castro], quien era muy aficionada a   los libros,               lograron que naciese mi afición a la literatura» (Entrevista   registrada               en vídeo, Serie Autores españoles contemporáneos, Centro de               las Letras Españolas, Ministerio de Cultura, 1987).

Fotografía en blanco y negro de Miguel Delibes detrás de una mujer sentada en un columpioCon su esposa Ángeles.

En 1946 se casa               con Ángeles, y animado en todo momento por ella, hilvana su   primera               entrega novelesca, La sombra del ciprés es alargada, con la               cual ganará el premio Nadal e iniciará su trayecto   profesional en               este campo, gracias asimismo al decidido apoyo del editor   Vergés.               Al tiempo, gana las oposiciones para las cuales había estado   preparándose,               y para mayor tranquilidad de los suyos, consigue plaza como   catedrático               de Derecho Mercantil en la vallisoletana Escuela de   Comercio. En paralelo,               sube en el escalafón periodístico, y de redactor pasa a   ocupar el               puesto de subdirector de El Norte de Castilla. Eso   ocurre en               1952. Seis años después, ya es director. Ni que decir tiene   que su               labor, aunque fructuosa, es complicada, sobre todo a la hora   de sortear               los interdictos de la censura. Su posición a favor de los   sectores               sociales más desfavorecidos no le facilita las cosas.

Aparte de acoger a   jóvenes colaboradores           como César Alonso de los Ríos, José Jiménez Lozano, Francisco   Umbral o           Manu Leguineche, Delibes caracteriza a la cabecera vallisoletana   con un           toque de rebeldía. Una muestra de ello es la página que lleva   por título Castilla en escombros, a través de la cual se denuncia la   mala           situación de los campesinos castellanos. No obstante, y a pesar   de tales           esfuerzos, llega un momento en que el director se ve obligado a   dimitir.           Corre el año 1963. «Hay que recordar —escribe el propio César   Alonso           de los Ríos— que a la promulgación de la Ley de Prensa de 1966,   le           precedió una limpieza del mercado. […] Entre estas víctimas   anteriores           a la ley de apertura está el propio Delibes, como director de El   Norte           de Castilla. Fueron tiempos dolorosos para Delibes, no ya   por razones           económicas o de prestigio profesional. Ello significaba un parón   en la           línea de El Norte de Castilla y enfrentamientos con   algunos de           los consejeros de la empresa, personas con las que mantenía   estrechas           relaciones personales. A Delibes le irritaba especialmente esta   situación           en la que la censura debía ser asumida por el propio director»   («Delibes:           periodismo y testimonio», en Miguel Delibes. Premio Letras   Españolas           1991, Madrid, Ministerio de Cultura, Dirección General del   Libro y           Bibliotecas, Centro de las Letras Españolas, 1993, p. 109).

delibes_boda_233

Forzosamente alejado de la   vanguardia      periodística, su trayectoria como novelista le permite difundir su   filosofía vital por      otros medios. No en vano, es ya un autor reconocido gracias a   títulos como El camino (1950), Mi idolatrado hijo Sisí (1953), Diario de un   cazador (1955) y La      hoja roja (1959). Con esa trayectoria a sus espaldas, se propone   denunciar en Las      ratas (1962) la penosa situación en que viven muchos de sus   paisanos. El punto de      tangencia entre ese escrito y la literatura social es, a ojos de   cierta crítica, algo      evidente. Sin embargo, la obra toma otros caminos que, dentro de la   literatura hispánica      de estas fechas, resultan francamente originales. A saber: el   registro etnográfico      —plasmado, por ejemplo, en el vislumbre del habla popular—, la   descripción casi      científica de la naturaleza, la defensa de la integridad del medio y   del hombre que lo      habita, y por añadidura, una reflexión moral nada complaciente   acerca de la pobre suerte      que les está reservada a los humillados. Bien puede repetirse que   dos temarios añaden      profundidad a la contemplación realista: las inquietudes de la   niñez, muy al unísono      con lo expuesto en otras de sus obras, y un sondeo fecundo,   vigoroso, de materias como la      muerte, el afán de dominio y la violencia.

Por otro lado, tras   diversos viajes por Europa e      Iberoamérica y una estancia como profesor visitante en la   Universidad de Maryland, el      escritor publica varios libros de viajes, muy celebrados por el   público lector. «Uno,      claro es —escribe Delibes—, dispone también de su personal           procedimiento de pasear por el mundo. Ignora si bueno o malo,   pero es,           sin objeción posible, el que mejor se acomoda a su manera de   ser. Uno,           por principio, trata siempre de eludir en sus paseos un plan           preconcebido. Los paseos sistematizados, a juicio del que               suscribe, suelen esterilizarse entre las mallas asfixiantes   del programa» (Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias, Barcelona,               Ediciones Destino, col. Áncora y Delfín, n.º 203, 1961, p.   7). Curiosamente,               aunque emprende el reflejo narrativo de esos itinerarios, el   escritor               prefiere limitar la escenografía de sus novelas a los   límites de los               pueblos y las pequeñas ciudades. Por lo que a esa contextura   literaria               se refiere, «la vida en una gran ciudad —dice— no me es               tan familiar como la vida en una pequeña ciudad. Por otro   lado, pienso               que en una pequeña ciudad, lo que el novelista tiene es un   laboratorio               mucho más eficaz que en una gran ciudad, para separar a las   personas,               y estudiarlas más a fondo de lo que se pueden estudiar en   Madrid.               Para calar un poco en la humanidad de mis personajes, que   para mí               es esencial» («Miguel Delibes. Un castellano de tierra   adentro», op. cit., p. 23).

Fotografía en blanco y negro de un hombre con boina y un joven detrás.Fotograma de Los santos inocentes, Mario Camus, 1983, Juan Sánchez y Alfredo Landa.

Un sustancioso   capítulo de la literatura           de Miguel Delibes lo componen aquellas obras cuya trama enmarca   una profunda           caracterización de los rasgos que prevalecen en la España de la   primera           mitad del siglo xx. Por esta vía, un vivo   sentido           del drama hispánico es la fuerza vinculatoria que une, más allá   de sus           particularidades y aun sin mezclar sus temas, entregas como Cinco   horas           con Mario (1966), Las guerras de nuestros antepasados (1975), El disputado voto del señor Cayo (1978) y Los santos   inocentes (1981).

Sin un propósito partidista, el narrador diagnostica en ellas           varias patologías de triste recuento: la persistente memoria de   la guerra,           la estructura oligárquica de la vida campesina, el torpe avance   del progreso,           la pérdida de una genuina sabiduría popular, el abandono de la   tierra,           y por supuesto, los daños causados a la naturaleza. No en vano,   Delibes           proclama su gusto por un antiquísimo deporte, la caza, a través   del cual           se ha ido formando un claro concepto de la fragilidad que   caracteriza nuestro entorno. A modo de digresión, no está de más   repetir que este cazador que escribe mide sus pasiones con la escopeta al   hombro,           y en ello descubre gozos, inquietudes e incluso finezas del   espíritu.           Ante una actividad que goza de tan altísimo aprecio para él, no   duda en           señalar que «el hombre-cazador o el hombre-pescador, que tanto   monta,           sale al campo, no sólo a darse un baño de primitivismo, sino   también a           competir, a comprobar si sus reflejos, sus músculos y sus   nervios están           a punto, y para ello, nada como cotejarlos con los reflejos, los   músculos           y los nervios de animales tan difidentes y escurridizos como   pueden serlo           una trucha o una perdiz silvestres» (He dicho, Barcelona,   Destino, 1996, pp. 40-41).

delibes_retrato_233

RETRATO

Elegido miembro               de la Real Academia el 1 de febrero de 1973, lee su discurso   de ingreso               el 25 de mayo de 1975. El significativo título de esa   alocución es El sentido del progreso desde mi obra. Dicha   inquietud no es               nueva en Delibes. «Así, en 1972 —refiere Fernando Parra—,               anticipándose al famoso hito de la Conferencia de Estocolmo   sobre               el Medio Ambiente Humano […] publicó La caza en España en                 la que advertía sobre los peligros del deterioro ecológico   en nuestro               país, tanto en relación a la desaparición de hábitats y   ecosistemas               valiosos […] como a la extinción de especies, como el   urogallo,               o los peligros para la fauna —cinegética y no tanto— de               los cambios de la agricultura con la creciente mecanización,    aumento del regadío, abonos, etc.» («Delibes al aire libre: Un   ecologista               de primera hora», en Miguel Delibes. Premio Letras   Españolas 1991, op. cit., p. 88).

Aun sin paliar el dolor que le causa la desaparición de su esposa Ángeles, el público y la crítica salen al encuentro de Delibes, festejan sus virtudes literarias, y lo que es más importante, premian la sostenida coherencia de su ideario personal: humanista, libre de pensamiento y ejemplo de virtudes ciudadanas, gracias sin duda a cierta fermentación del mejor liberalismo. «Para mí —escribe César Alonso de los Ríos— Delibes ha sido trascendental. Y no sólo porque me orientó hacia el periodismo, sino porque me enseñó el difícil ejercicio de dudar y de saber reconocer las razones del otro. Un liberalismo radical que nada tiene que ver con el dogmatismo del liberalismo económico y político. Aprendí en él, antes que en Gramsci, que hay que ser pesimistas de inteligencia y optimistas de voluntad. Delibes ha sido para mí una referencia ética» («Miguel Delibes», Premios Cervantes. Una literatura en dos   continentes, Madrid, Ministerio de Cultura, Dirección General del Libro y   Bibliotecas, 1994, p. 338).

Fotografía en blanco y negro de Miguel Delibes con un ave en las manos.Miguel Delibes.

Dentro   de estas consideraciones, el elogio      generalizado se aprecia bien a la hora de llegar a manos de Delibes   los galardones de      mayor enjundia: el Príncipe de Asturias (1982), el Premio de las   Letras Españolas (1991)      y el Cervantes (1993). Menudean los tratados y monografías en torno a   su obra, los      cineastas codician los derechos de adaptación de sus novelas y las   ventas de todas ellas      exigen nuevas reimpresiones. No extraña, por todo ello, que la   última entrega novelesca      del escritor, El hereje (1998), sobrepase las perspectivas de   sus           editores. De hecho, esta magnífica expresión del conflicto             religioso del siglo               XVI, meditada profundamente, rica en             ingredientes morales y plasmada con una riqueza de estilo que   reúne lo             mejor del temperamento del autor, daba a entender que los   límites de su             obra completa aún no se habían cerrado y admitían una gozosa   dilatación.

En el principio de esta   página aludíamos, con      Jorge Guillén, al manantial continuo de gran inspiración que   caracteriza la      literatura de nuestro escritor. Aunque quizá resulte siempre   arbitrario el ejercicio de      rastrear las fuentes de una inspiración semejante, vamos a cerrar   este inventario      biográfico aludiendo a los literatos que han ido moldeando la   personalidad literaria de      Miguel Delibes. Como él mismo dice, en todo escritor influyen   aquellos autores que      anteriormente leyó. Sus primeras lecturas, como era imaginable en un   niño de la época,      llevan la firma nada trivial de los cuentistas nórdicos, con   Perrault y el admirable      Andersen a la cabeza. Luego, «viene una desconexión con estos   autores infantiles, y paso      a una época en que me empezaron a gustar los novelistas de   horizontes abiertos, como eran      Oliver Curwood y Zane Grey». O dicho de otro modo, peripecias en la   frontera americana,      lances de cazadores y tramperos, hazañas de buscadores de oro y   otros viajes al fondo de      lo desconocido que también formula, singularmente en su ciclo   canadiense, el prolífico      Emilio Salgari, «el novelista del puro disparate aventurero, pero   que también llenó una      época de mi vida».

No deja de ser   significativa esa           insistencia en invenciones relacionadas con la naturaleza   salvaje y sus           asperezas. «Esto es lo que estimo que hay de particular en mí   —confirma—:           esa atracción por el novelista de aire libre por encima del   novelista           de imaginación. Luego, aunque tardía, llega la lectura de   grandes maestros.           Ya no sé ni en que orden se efectuaron estas lecturas. Sí puedo   decir           que me ha gustado mucho Julien Green, el americano afrancesado.   También           me siguen interesando mucho Proust, Dostoyevski, Chejov,   Virginia Woolf           —a pesar de su complejidad expositiva— y otros autores   americanos           e italianos. He leído prácticamente de todo, sin olvidar los   clásicos           españoles» (Entrevista registrada en vídeo, op. cit.). Y   el resultado de           esa fruición, a la vista está, rige en toda su obra. Por razones   obvias,           este perfil de lector es necesariamente parcial, pero incita a   un sondeo           más hondo. Con todo, los detalles que hemos apuntado bastan para   sugerir           una inteligencia literaria bien sólida y ordenada, cuyas leyes   corresponden           a ese vínculo que Borges atribuyó a Tolstoi: el conocimiento del   hombre           conjugado con la perfección literaria.

Related articles

RAFAEL ALBERTI (ESPAÑA,1902-1999)

alberti_ini

Nacido en Puerto de Santa María (Cádiz). Inicialmente se dedicó a la pintura. Se trasladó a Madrid con su familia, consiguió el Premio Nacional de Literatura, en 1925, por el primer libro que publicó, Marinero en tierra. Se trata de una obra de un refinado popularismo donde universaliza el mar, que llega a ser un mito. En 1926 apareció La amante, relato poético de un viaje en automóvil, al que sigue un nuevo libro de poemas, El alba del alhelí, al año siguiente. Las tres obras se inscriben dentro de la tradición de los poetas anónimos del Romancero y Garcilaso de la Vega, aunque con una sensibilidad de poeta vanguardista. En 1929 tuvo lugar un cambio importante en su poesía, cuando publicó Cal y canto, influido por Luis de Góngora y el ultraísmo. También de ese mismo año es Sobre los ángeles. Considerada su obra maestra, es una alegoría surrealista en la que los ángeles representan fuerzas dentro del mundo real. Producto de una intensa crisis personal relacionada con lo que el propio poeta califica de “amor imposible” y los “celos más rabiosos”, contiene imágenes que suponen altas cumbres poéticas. Sus tonos apocalípticos se prolongaron en Sermones y moradas (1930). La tendencia surrealista, que llevaba a Alberti a introducir asuntos personales en el ámbito de las cuestiones históricas, supuso en él una inclinación hacia el anarquismo, como demuestra su elegía Con los zapatos puestos tengo que morir, de 1930.

alberti4

Posteriormente se afilió al Partido Comunista español, y publicó hasta 1937 un conjunto de libros que el autor denominó El poeta en la calle, aparecidos conjuntamente en 1938. También de la misma época son sus obras de teatro, entre las que destaca Fermín Galán (1931). Posteriormente, y dentro de la misma línea de carácter surrealista y político, sus obras teatrales más conocidas son El adefesio, de 1944, y de 1956 Noche de guerra en el Museo del Prado. Con su compañera, la también escritora María Teresa León, se vio obligado a exiliarse después de la derrota de la República en la Guerra Civil española. Vivió en Argentina hasta 1962. A partir de ese año residió en Roma, y no regresó a España hasta 1977, siendo elegido diputado por la provincia de Cádiz. Obtuvo el Premio Cervantes en 1983. El poeta recoge su vida durante los años de destierro en La arboleda perdida (1959 y 1987). Entre la poesía no política de Alberti, posterior a 1939, destacan Entre el clavel y la espada, de 1941, y A la pintura, de 1948, un brillante intento de describir un arte en términos de otro. En Retornos de lo vivo lejano, de 1952, y Baladas y canciones del Paraná, libro de poemas publicado el año siguiente, incluye canciones muy cercanas a las de Marinero en tierra que ofrecen un universo nostálgico del que no está ausente la ironía. Algo que vuelve a ocurrir en el primer libro que publicó a su regreso a Europa, Roma, peligro de caminantes, de 1968. Al lado de estos poemarios, están los poemas más estrictamente políticos inspirados por las circunstancias, como las muy conocidas Coplas de Juan Panadero, de 1949, y La primavera de los pueblos, de 1961. También cabe destacar entre la copiosa y desigual producción de Alberti posterior a su regreso a España, el libro de carácter erótico publicado en 1988 Canciones para Altair.  © eMe

alberti6

A galoparLas tierras, las tierras, las tierras de España, las grandes, las solas, desiertas llanuras. Galopa, caballo cuatralbo, jinete del pueblo, al sol y a la luna. ¡A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar! A corazón suenan, resuenan, resuenan, las tierras de España, en las herraduras. Galopa, jinete del pueblo caballo de espuma ¡A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar! Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie; que es nadie la muerte si va en tu notura. Galopa, caballo cuatralbo, jinete del pueblo que la tierra es tuya. ¡A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar!

El Poder de la Palabra epdlp.com

alberti5

La arboleda perdida (fragmento)¿Por qué Italia y no Francia, en donde habíamos vivido tantas veces?, nos preguntaban muchos amigos. Porque ya, en realidad, teníamos agotado París, y Picasso, un gran señuelo sobre todo, vivía en la Costa Azul, y yo pensaba en Roma, en la que había pasado, en 1935, quince días inolvidables con Valle-Inclán, sintiéndome en Italia más cerca, más bañado de la claridad mediterránea, más próximo en espíritu a los litorales españoles, a las costas andaluzas. Después, la explayadora simpatía de gran parte del pueblo italiano y, sobre todo, aquel Alberti, mi apellido, tan ligado a las familias florentinas, al gran orgullo de saber que de ellas habían salido mis abuelos. Y después… ¡Qué sé yo! Una nueva experiencia, una nueva vida, más clara y popular, que se me iba a prolongar -esto lo supe luego- por casi quince años a las dos orillas del Tevere, el río de tantos misterios, sucio y cruzado de los más bellos puentes, desagües de cloacas, reflejado de centenarios árboles, de cúpulas, de torres, de estatuas y picoteado de voraces gaviotas hambrientas del vecino y contaminado mar Tirreno. Pero… A pesar de Italia, en la que ya me encontraba, mucho había dejado allí, en aquella América, tanto como para desear, a cada hora, en los primeros meses de lejanía, un posible retorno, una segunda vida que me hiciera compartir con aquellos pueblos tan castigados y oprimidos el logro final de sus esperanzas. Y a Roma le pedí, desde el comienzo de mi permanencia en ella, que, a pesar de su maravilla, fuese capaz de darme tanto como había dejado entre aquellas orillas de cielos inalcanzables, cosechas y caballos.

 

Rafael Alberti NocturnoCuando tanto se sufre sin sueño y por la sangre se escucha que transita solamente la rabia que en los tuétanos tiembla despabilado el odio y en las médulas arde continua la venganza, las palabras entonces no sirven son palabras. Manifiestos, artículos, comentarios, discursos, humaredas perdida, neblinas estampadas, ¡que dolos de papeles que ha de barrer el viento, que tristeza de tinta que ha de borrar el agua! Ahora sufro lo pobre, lo mezquino, lo triste, lo desgraciado y muerto que tiene ena garganta cuando desde el abismo de su idioma quisiera gritar que no puede por imposible, y calla. Siento esta noche heridas de muerte las palabras. “ 

 

alberti7

 

PamplinasDe lona y níquel, peces de las nubes, bajan al mar periódicos y cartas.  (Los carteros no creen en las sirenas ni en el vals de las olas, sí en la muerte.    Y aún hay calvas marchitas a la luna  y llorosos cabellos en los libros.  Un polisón de nieve, blanqueando las sombras, se suicida en los jardines.    ¿Qué será de mi alma, que hace tiempo bate el récord continuo de la ausencia? ¿Qué de mi corazón, que ya ni brinca,  picado ante el azar y el accidente?    Exploradme los ojos, y, perdidos,  os herirán las ansias de los náufragos,  la balumba de nortes ya difuntos,  el solo bamboleo de los mares.     Cascos de chispa y pólvora, jinetes  sin alma y sin montura entre los trigos; basílicas de escombros, levantadas trombas de fuego, sangre, cal, ceniza.    Pero también, un sol en cada brazo,  el alba aviadora, pez de oro,  sobre la frente un número, una letra,  y en el pico una carta azul, sin sello.     Nuncio -la voz, eléctrica, y la cola- del aceleramiento de los astros, del confín del amor, del estampido  de la rosa mecánica del mundo.    Sabed de mí, que dije por teléfono mi madrigal dinámico a los hombres: ¿Quién eres tú, de acero, estaño y plomo? -Un relámpago más, la nueva vida.

El Poder de la Palabra epdlp.com

alberti8

 

Related articles
  1. España (absolutewinter.wordpress.com)
  2. A Ruin to Live / La Ruina Habitada (detailsanddeco.wordpress.com)
  3. In Vienna …And Some Long German Words (studyabroad.joshuascriven.com)
  4. Anarchist Robin Hood on Trial in Barcelona (thefreeonline.wordpress.com)
  5. Yoga Art in Madrid: The Goddess Moon. (elephantjournal.com)
  6. Experimental Poetry (profacero.wordpress.com)
  7. Las mañanas (clarendonheights.wordpress.com)
  8. Mother earth – La madre tierra (gisellchanden.wordpress.com)

GABRIEL CELAYA “POESÍA COMPROMETIDA”

GABRIEL CELAYA

English: Gabriel Celaya in his workshop Euskar...
English: Gabriel Celaya in his workshop Euskara: Gabriel Zelaia bere lantokian Español: Gabriel Celaya en su taller (Photo credit: Wikipedia)

English: Gabriel Celaya in his workshop Euskara: Gabriel Zelaia bere lantokian Español: Gabriel Celaya en su taller (Photo credit: Wikipedia)

Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta1 (HernaniGuipúzcoa18 de marzo de 1911 –Madrid18 de abril de 1991), conocido como Gabriel Celaya, fue un poeta español de la generación literaria de posguerra. Fue uno de los más destacados representantes de la que se denominó «poesía comprometida».

FUENTE: http://es.wikipedia.org

 

Gabriel Celaya (erakusketa)
Gabriel Celaya (erakusketa) (Photo credit: Euskadiko Irakurketa Publikoko Sarea)

Gabriel Celaya (erakusketa) (Photo credit: Euskadiko Irakurketa Publikoko Sarea)

Biografía

Su nombre completo era Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta, lo que aprovechó para firmar sus obras como Rafael Múgica, Juan de Leceta o Gabriel Celaya. Presionado por su padre, se radicó en Madrid donde inició sus estudios de Ingeniería y trabajó por un tiempo como gerente en la empresa familiar.

Entre los años 1927 y 1935 vivió en la Residencia de Estudiantes, donde conoció a Federico García LorcaJosé Moreno Villa y a otros intelectuales que lo inclinaron por el campo de la literatura, llevándolo a dedicarse por entero a la poesía. En 1946 fundó en San Sebastián, con su inseparable Amparo Gastón, la colección de poesía «Norte» y desde entonces abandonó su profesión de ingeniería y su cargo en la empresa de su familia.

Français : Arthur Rimbaud (1854-1891) en 1872....
Français : Arthur Rimbaud (1854-1891) en 1872. Photographie conservée à la Bnf. (Photo credit: Wikipedia)

Français : Arthur Rimbaud (1854-1891) en 1872. Photographie conservée à la Bnf. (Photo credit: Wikipedia)

La colección de poesía «Norte» pretendía hacer de puente entre la poesía de la generación de 1927, la del exilio y la europea. Aparecen así, bajo ese sello editorial, traducciones de Rainer María RilkeArthur RimbaudPaul Éluard o William Blake.

Pongo en tus manos abiertasPongo en tus manos abiertas (Photo credit: Wikipedia)

En 1946 publica Tentativas, libro en prosa en el que por primera vez firma como Gabriel Celaya. Esta primera etapa es de carácterexistencialista.

En los años cincuenta se integra en la estética del compromiso (Lo demás es silencio 1952 y Cantos Iberos 1955, verdadera biblia de la poesía social). Junto a Eugenio de Nora y Blas de Otero, defiende la idea de una poesía no elitista, al servicio de las mayorías, “para transformar el mundo”:

Cantemos como quien respira. Hablemos de lo que cada día nos ocupa. Nada de lo humano debe quedar fuera de nuestra obra. En el poema debe haber barro, con perdón de los poetas poetísimos. La Poesía no es un fin en sí. La Poesía es un instrumento, entre otros, para transformar el mundo

Gabriel Celaya, citado por Rodríguez Puértolas et. al en Historia social de la literatura española)

En 1956 obtuvo el Premio de la Crítica por su libro «De claro en claro».

AR_Celaya
AR_Celaya (Photo credit: cerrodelaslombardas)

AR_Celaya (Photo credit: cerrodelaslombardas)

Cuando este modelo de poesía social entró en crisis, Celaya volvió a sus orígenes poéticos. Publicó La linterna sorda y reeditó poemas anteriores a 1936. También ensayó el experimentalismo y la poesía concreta en Campos semánticos (1971).

Entre 1977 y 1980 se publicaron sus Obras Completas en cinco volúmenes.

En 1986 es galardonado con el Premio Nacional de las Letras Españolas por el Ministerio de Cultura. Ese mismo año publica “El mundo abierto”.

En definitiva, la obra de Celaya constituye una gran síntesis de casi todas las preocupaciones y estilos de la poesía española del siglo XX.

Teatro Español, MadridTeatro Español, Madrid (Photo credit: Wikipedia)

Falleció el 18 de abril de 1991 en Madrid y sus cenizas fueron esparcidas en su Hernani natal.

Obras

  • Marea del silencio (1935)
  • La soledad cerrada (1947)
  • Movimientos elementales (1947)
  • Tranquilamente hablando (1947) (firmado como Juan de Leceta)
  • Las cosas como son (1949)
  • Las cartas boca arriba (1951)
  • Lo demás es silencio (1952)
  • Cantos Iberos (1955)
  • Campos semánticos (1971)
  • Itinerario poética (1973)
Night view of Federico García Lorca Cultural C...Night view of Federico García Lorca Cultural Centre at 3rd Plaza de la Constitución (square) in Rivas-Vaciamadrid (Community of Madrid, Spain). Building projected by Guillermo de la Calzada and Jorge Martínez Jordana, and built from 1997 to 1998. (Photo credit: Wikipedia)

FUENTE POEMAS: http://grandespoetasfamosos.blogspot.com.es

 

A Andrés Basterra

Andrés, aunque te quitas la boina cuando paso
Y me llamas “señor”, distanciándote un poco.
Reprobándome —veo— que no lleve corbata,
Que trate falsamente de ser un tú cualquiera,
Que cambie los papeles —tú por tú, tú barato—,
Que no sea el que exiges —el amo respetable
Que te descansaría—,
Y me tiendes tu mano floja, rara, asustada
Como un triste estropajo de esclavo milenario,
No somos dos extraños.
Tus penas yo las sufro. Mas no puedo aliviarte
De las tuyas dictando qué es lo justo y lo injusto.

No sé si tienes hijos.
No conozco tu casa, ni tus intimidades.
Te he visto en mis talleres, día a día, durando,
Y nunca he distinguido si estabas triste, alegre,
cansado, indiferente, nostálgico o borracho.
Tampoco tú sabías cómo andaban mis nervios,
Ni que escribía versos —siempre me ha avergonzado—,
Ni que yo y tú, directos,
Podíamos tocarnos, sin más ni más, ni menos,
Cordialmente furiosos, estrictamente amargos,
Anónimos, fallidos, descontentos a secas,
Mas pese a todo unidos como trabajadores.

Estábamos unidos por la común tarea,
Por quehaceres viriles, por cierto ser conjunto,
Por labores sin duda poco sentimentales
—Cumplir este pedido con tal costo a tal fecha;
Arreglar como sea esta máquina hoy mismo—
Y nunca nos hablamos de las cóleras frías,
De los milagros machos,
De cómo estos esfuerzos serán nuestra sustancia,
Y el sueldo y la familia, cosas vanas, remotas,
Accesorias, gratuitas, sin último sentido.
Nunca como el trabajo por sí y en sí sagrado
O sólo necesario.

Andrés, tú lo comprendes. Andrés, tú eres un vasco.
Contigo sí que puedo tratar de lo que importa,
De materias primeras,
Resistencias opacas, cegueras sustanciales,
Ofrecidas a manos que sabían tocarlas,
Apreciarlas, pesarlas, valorarlas, herirlas,
Orgullosas, fabriles, materiales, curiosas.
Tengo un título bello que tú entiendes: Madera,
Pino rojo de Suecia y Haya brava de Hungría,
Samanguilas y Okolas venidas de Guinea,
Robles de Slavonía y Abetos del Mar Blanco,
Pinoteas de Tampa, Mobile o Pensacola.

Maderas, las maderas humildemente nobles,
Lentamente crecidas, cargadas de pasado,
Nutridas de secretos terrenos y paciencia,
De primaveras justas, de duración callada,
De savias sustanciadas, felizmente ascendentes.
Maderas, las maderas buenas, limpias, sumisas,
Y el olor que expandían,
Y el gesto, el nudo, el vicio personal que tenían
A veces ciertas rollas,
La influencia escondida de ciertas tempestades,
De haber crecido en esta, bien en otra ladera,
De haber sorbido vagas corrientes aturdidas.

Hay gentes que trabajan el hierro y el cemento;
Las hay dadas a espartos, o a conservas, o a granos,
O a lanas, o a anilinas, o a vinos, o a carbones;
Las hay que sólo charlan y ponen telegramas
Mas sirven a su modo;
Las hay que entienden mucho de amiantos o de grasas,
De prensas, celulosas, electrodos, nitratos;
Las hay, como nosotros, dadas a la madera,
Unidas por las sierras, los tupis, las machihembras,
Las herramientas fieras del héroe prometeico
Que entre otras nos concretan
La tarea del hombre con dos manos, diez dedos.

Tales son los oficios. Tales son las materias.
Tal la forma de asalto del amor de la nuestra,
La tuya, Andrés, la mía.
Tal la oscura tarea que impone el ser un hombre.
Tal la humildad que siento. Tal el peso que acepto.
Tales los atrevidos esfuerzos contra un mundo
Que quisiera seguirse sin pena y sin cambio,
Pacífico y materno,
Remotamente manso, durmiendo en su materia.
Tales, tercos, rebeldes, nosotros, con dos manos,
Transformándolo, fieros, construimos un mundo
Contra naturaleza, gloriosamente humano.

Tales son los oficios. Tales son las materias.
Tales son las dos manos del hombre, no ente abstracto.
Tales son las humildes tareas que precisan
La empresa prometeica.
Tales son los trabajos comunes y distintos;
Tales son los orgullos, las rabias insistentes,
Los silencios mortales, los pecados secretos,
Los sarcasmos, las llamas, los cansancios, las lluvias;
Tales las resistencias no mentales que, brutas,
Obligan a los hombres a no explicar lo que hacen;
Tales sus peculiares maneras de no hablarse
Y unirse, sin embargo.

Mira, Andrés, a los hombres con sus manos capaces,
Con manos que construyen armarios y dínamos,
Y versos y zapatos;
Con manos que manejan furiosas herramientas,
Fabrican, eficaces, tejidos, radios, casas,
Y otras veces se quedan inmóviles y abiertas
Sobre ese blanco absorto de una cuartilla muerta.
Manos raras, humanas;
Manos de constructores, manos de amantes fieles
Hechas a la medida de un seno acariciado;
Manos desorientadas que el sufrimiento mueve
A estrechar fuertemente, buscando la una en la otra.

Están así los hombres
Con sus manos fabriles o bien sólo dolientes,
Con manos que a la postre no sé para qué sirven.
Están así los hombres vestidos, con bolsillos
Para el púdico espanto de esas manos desnudas
Que se miran a solas, sintiéndolas extrañas.
Están así los hombres y, en sus ojos, cambiadas,
Las cosas de muy dentro con las cosas de fuera,
Y el tranvía, y las nubes, y un instinto —un hallazgo—,
Todo junto, cualquiera,
Todo único y sencillo, y efímero, importante,
Como esas cien nonadas que pasan o no pasan.

Mira, Andrés, a los hombres, ya sentados, ya andando,
Tan raros si nos miran seriamente callados,
Tan raros si caminan, trabajan o se matan,
Tan raros si nos odian, tan raros si perdonan
El daño inevitable,
Tan raros que si ríen nos enseñan los dientes,
Tan raros que si piensan se doblan de ironía.
Mira, Andrés, a estos hombres.
Míralos. Yo te miro. Mírame si es que aguantas.
Dime que no vale la pena de que hablemos,
Dime cuánto silencio formó tu ser obrero,
Qué inútilmente escribo, qué mal gusto despliego.

Mira, Andrés, cómo estamos unidos pese a todo,
Cómo estamos estando, qué ciegamente amamos.
Aunque ya las palabras no nos sirven de nada,
Aunque nuestras fatigas no puedan explicarse
Y se tuerzan las bocas si tratamos de hablarnos,
Aunque desesperados,
Bien sea por inercia, terquedad o cansancio,
Metafísica rabia, locura de existentes
Que nunca se resignan, seguimos trabajando,
Cavando en el silencio,
Hay algo que conmueve y entiendes sin ideas
Si de pronto te estrecho febrilmente la mano.

La mano, Andrés. Tu mano, medida de la mía.

English: Lorca in white/Lorca en blancmyrtle l...
English: Lorca in white/Lorca en blancmyrtle looking (Photo credit: Wikipedia)

English: Lorca in white/Lorca en blancmyrtle looking (Photo credit: Wikipedia)

presentacion

A Blas de Otero

Amigo Blas de Otero: Porque sé que tú existes,
Y porque el mundo existe, y yo también existo,
Porque tú y yo y el mundo nos estamos muriendo,
Gastando nuestras vueltas como quien no hace nada,
Quiero hablarte y hablarme, dejar hablar al mundo
De este dolor que insiste en todo lo que existe.

Vamos a ver, amigo, si esto puede aguantarse:
El semillero hirviente de un corazón podrido,
Los mordiscos chiquitos de las larvas hambrientas,
Los días cualesquiera que nos comen por dentro,
La carga de miseria, la experiencia —un residuo—,
Las penas amasadas con lento polvo y llanto.

Nos estamos muriendo por los cuatro costados,
Y también por el quinto de un Dios que no entendemos.
Los metales furiosos, los mohos del cansancio,
Los ácidos borrachos de amarguras antiguas,
Las corrupciones vivas, las penas materiales…
Todo esto —tú sabes—, todo esto y lo otro.

Tú sabes. No perdonas. Estás ardiendo vivo.
La llama que nos duele quería ser un ala.
Tú sabes y tu verso pone el grito en el cielo.
Tú, tan serio, tan hombre, tan de Dios aun si pecas,
Sabes también por dentro de una angustia rampante,
De poemas prosaicos, de un amor sublevado.

Nuestra pena es tan vieja que quizá no sea humana:
Ese mugido triste del mar abandonado,
Ese temblor insomne de un follaje indistinto,
Las montañas convulsas, el éter luminoso,
Un ave que se ha vuelto invisible en el viento,
Viven, dicen y sufren en nuestra propia carne.

Con los cuatro elementos de la sangre, los huesos,
El alma transparente y el yo opaco en su centro,
Soy el agua sin forma que cambiando se irisa,
La inercia de la tierra sin memoria que pesa,
El aire estupefacto que en sí mismo se pierde,
El corazón que insiste tartamudo afirmando.

Soy creciente. Me muero. Soy materia. Palpito.
Soy un dolor antiguo como el mundo que aún dura.
He asumido en mi cuerpo la pasión, el misterio,
La esperanza, el pecado, el recuerdo, el cansancio,
Soy la instancia que elevan hacia un Dios excelente
La materia y el fuego, los latidos arcaicos.

Debo salvarlo todo si he de salvarme entero.
Soy coral, soy muchacha, soy sombra y aire nuevo,
Soy el tordo en la zarza, soy la luz en el trino,
Soy fuego sin sustancia, soy espacio en el canto,
Soy estrella, soy tigre, soy niño y soy diamante
Que proclaman y exigen que me haga Dios con ellos.

¡Si fuera yo quien sufre! ¡Si fuera Blas de Otero!
¡Si sólo fuera un hombre pequeñito que muere
Sabiendo lo que sabe, pesando lo que pesa!
Mas es el mundo entero quien se exalta en nosotros
Y es una vieja historia lo que aquí desemboca.
Ser hombre no es ser hombre. Ser hombre es otra cosa.

Invoco a los amantes, los mártires, los locos
Que salen de sí mismos buscándose más altos.
Invoco a los valientes, los héroes, los obreros,
Los hombres trabajados que duramente aguantan
Y día a día ganan su pan, mas piden vino.
Invoco a los dolidos. Invoco a los ardientes.

Invoco a los que asaltan, hiriéndose, gloriosos,
La justicia exclusiva y el orden calculado,
Las rutinas mortales, el bienestar virtuoso,
La condición finita del hombre que en sí acaba,
La consecuencia estricta, los daños absolutos.
Invoco a los que sufren rompiéndose y amando.

Tú también, Blas de Otero, chocas con las fronteras,
Con la crueldad del tiempo, con límites absurdos,
Con tu ciudad, tus días y un caer gota a gota,
Con ese mal tremendo que no te explica nadie.
Irónicos zumbidos de aviones que pasan
Y muertos boca arriba que no, no perdonamos.

A veces me parece que no comprendo nada,
Ni este asfalto que piso, ni ese anuncio que miro.
Lo real me resulta increíble y remoto.
Hablo aquí y estoy lejos. Soy yo, pero soy otro.
Sonámbulo transcurro sin memoria ni afecto,
Desprendido y sin peso, por lúcido ya loco.

Detrás de cada cosa hay otra cosa que es la misma,
Idéntica y distinta, real y a un tiempo extraña.
Detrás de cada hombre un espejo repite
Los gestos consabidos, mas lejos ya, muy lejos.
Detrás de Blas de Otero, Blas de Otero me mira,
Quizá me da la vuelta y viene por mi espalda.

Hace aún pocos días caminábamos juntos
En el frío, en el miedo, en la noche de enero
Rasa con sus estrellas declaradas lucientes,
Y era raro sentirnos diferentes, andando.
Si tu codo rozaba por azar mi costado,
Un temblor me decía: “Ese es otro, un misterio.”

Hablábamos distantes, inútiles, correctos,
Distantes y vacíos porque Dios se ocultaba,
Distintos en un tiempo y un lugar personales,
En las pisadas huecas, en un mirar furtivo,
En esto con que afirmo: “Yo, tú, él, hoy, mañana”,
En esto que separa y es dolor sin remedio.

Tuvimos aún que andar, cruzar calles vacías,
Desfilar ante casas quizá nunca habitadas,
Saber que una escalera por sí misma no acaba,
Traspasar una puerta —lo que es siempre asombroso—,
Saludar a otro amigo también raro y humano,
Esperar que dijeras —era un milagro—: Dios al fin escuchaba.

Todo el dolor del mundo le atraía a nosotros.
Las iras eran santas; el amor, atrevido;
Los árboles, los rayos, la materia, las olas,
Salían en el hombre de un penar sin conciencia,
De un seguir por milenios, sin historia, perdidos.
Como quien dice “sí”, dije Dios sin pensarlo.

Y vi que era posible vivir, seguir cantando.
Y vi que el mismo abismo de miseria medía
Como una boca hambrienta, qué grande es la esperanza.
Con los cuatro elementos, más y menos que hombre,
Sentí que era posible salvar el mundo entero,
Salvarme en él, salvarlo, ser divino hasta en cuerpo.

Por eso, amigo mío, te recuerdo, llorando;
Te recuerdo, riendo; te recuerdo, borracho;
Pensando que soy bueno, mordiéndome las uñas,
Con este yo enconado que no quiero que exista,
Con eso que en ti canta, con eso en que me extingo
Y digo derramado: amigo Blas de Otero.

san sebastian
san sebastian (Photo credit: faustonadal)

san sebastian (Photo credit: faustonadal)

Andres GuerreroAndres Guerrero (Photo credit: Tha Goodiez)

RELATED ARTICLES

GUSTAVO ADOLFO DOMÍNGUEZ BASTIDA-GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER

200px-Casa_Becquer_001

La casa de Sevilla donde vivió Becquer

Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida (Sevilla17 de febrero de 1836 –Madrid22 de diciembre de 1870), más conocido como Gustavo Adolfo Bécquerfue un poeta y narrador español, perteneciente al movimiento del Romanticismo, aunque escribió en una etapa literaria perteneciente al Realismo. Por ser un romántico tardío, ha sido asociado igualmente con el movimiento posromántico. Aunque, mientras vivió, fue moderadamente conocido, sólo comenzó a ganar verdadero prestigio cuando, tras su muerte, fueron publicadas muchas de sus obras.

FUENTE: http://es.wikipedia.org

Sus más conocidos trabajos son sus Rimas y Leyendas. Los poemas e historias incluidos en esta colección son esenciales para el estudio de la Literatura hispana, siendo ampliamente reconocidos por su influencia posterior.

200px-Portrait_of_Gustavo_Adolfo_Bécquer,_by_his_brother_Valeriano_(1862)

Nació en Sevilla el 17 de febrero de 1836, hijo del pintor José Domínguez Insausti, que firmaba sus cuadros con el apellido de sus antepasados como José Domínguez Bécquer. Su madre fue Joaquina Bastida Vargas. Por el lado paterno descendía de una noble familia de comerciantes de origen flamenco, los Becker o Bécquer, establecida en la capital andaluza en el siglo XVI; de su prestigio da testimonio el hecho de que poseyeran capilla y sepultura en la catedral misma desde 1622. Tanto Gustavo Adolfo como su hermano, el pintor Valeriano Bécquer, también adoptaron Bécquer como primer apellido en la firma de sus obras.

Fue bautizado en la parroquia de San Lorenzo Mártir. Sus antepasados directos, empezando por su mismo padre, José Domínguez Bécquer, fueron pintores de costumbres andaluzas, y tanto Gustavo Adolfo como su hermano Valeriano estuvieron muy dotados para el dibujo. Valeriano, de hecho, se inclinó por la pintura. Sin embargo el padre murió el 26 de enero de1841, cuando contaba el poeta cinco años y esa vocación pictórica perdió el principal de sus apoyos. En 1846, con diez años, Gustavo Adolfo ingresó en el Colegio de San Telmo de Sevilla (institución mixta que acogía también huérfanos de cierto nivel)1 2 , donde recibe clases de un discípulo del gran poeta Alberto ListaFrancisco Rodríguez Zapata, y conoce a su gran amigo y compañero de desvelos literarios Narciso Campillo. Al año siguiente, el 27 de febrero de 1847, los hermanos Bécquer quedaron huérfanos también de madre, y fueron adoptados entonces por su tía materna, María Bastida y Juan de Vargas, que se hizo cargo de sus siete sobrinos, aunque Valeriano y Gustavo se adoptaron desde entonces cada uno al otro y de hecho más tarde emprendieron muchos trabajos y viajes juntos.

Sevilla 022011
Sevilla 022011 (Photo credit: jefseghers)

Sevilla 022011 (Photo credit: jefseghers)

Rima 11 (I). Yo sé un himno gigante y extraño

Yo sé un himno gigante y extraño
Que anuncia en la noche del alma una aurora,
Y estas páginas son de ese himno
Cadencias que el aire dilata en las sombras.

Yo quisiera escribirle, del hombre
Domando el rebelde, mezquino idioma,
Con palabras que fuesen a un tiempo
Suspiros y risas, colores y notas.

Pero vano es luchar, que no hay cifra
Capaz de encerrarle y apenas, ¡oh hermosa!
Si, teniendo en mis manos las tuyas,
Pudiera, al oído, cantártelo a solas.
Rima 15 (II). Saeta que voladora

Saeta que voladora
Cruza, arrojada al azar,
Y que no se sabe dónde
Temblando se clavará;

Hoja que del árbol seca
Arrebata el vendaval,
Sin que nadie acierte el surco
Donde al polvo volverá;

Gigante ola que el viento
Riza y empuja en el mar,
Y rueda y pasa, y se ignora
Qué playa buscando va;

Luz que en cercos temblorosos
Brilla, próxima a expirar,
Y que no se sabe de ellos
Cuál el último será;

Eso soy yo, que al acaso
Cruzo el mundo sin pensar
De dónde vengo ni a dónde
Mis pasos me llevarán.
Rima 42 (III). Sacudimiento extraño

Sacudimiento extraño
Que agita las ideas,
Como huracán que empuja
Las olas en tropel.

Murmullo que en el alma
Se eleva y va creciendo
Como volcán que sordo
Anuncia que va a arder.

Deformes siluetas
De seres imposibles;
Paisajes que aparecen
Como al través de un tul.

Colores que fundiéndose
Remedan en el aire
Los átomos del iris
Que nadan en la luz.

Ideas sin palabras,
Palabras sin sentido;
Cadencias que no tienen
Ni ritmo ni compás.

Memorias y deseos
De cosas que no existen;
Accesos de alegría,
Impulsos de llorar.

Actividad nerviosa
Que no halla en qué emplearse;
Sin riendas que le guíen,
Caballo volador.

Locura que el espíritu
Exalta y desfallece,
Embriaguez divina
Del genio creador…
Tal es la inspiración.

Gigante voz que el caos
Ordena en el cerebro
Y entre las sombras hace
La luz aparecer.

Brillante rienda de oro
Que poderosa enfrena
De la exaltada mente
El volador corcel.

Hilo de luz que en haces
Los pensamientos ata;
Sol que las nubes rompe
Y toca en el zenit.

Inteligente mano
Que en un collar de perlas
Consigue las indóciles
Palabras reunir.

Armonioso ritmo
Que con cadencia y número
Las fugitivas notas
Encierra en el compás.

Cincel que el bloque muerde
La estatua modelando,
Y la belleza plástica
Añade a la ideal.

Atmósfera en que giran
Con orden las ideas,
Cual átomos que agrupa
Recóndita atracción.

Raudal en cuyas ondas
Su sed la fiebre apaga,
Oasis que al espíritu
Devuelve su vigor…
Tal es nuestra razón.

Con ambas siempre en lucha
Y de ambas vencedor,
Tan sólo al genio es dado
A un yugo atar las dos.
Rima 39 (IV). No digáis que, agotado su tesoro

No digáis que, agotado su tesoro,
De asuntos falta, enmudeció la lira;
Podrá no haber poetas, pero siempre
Habrá poesía.

Mientras las ondas de la luz al beso
Palpiten encendidas,
Mientras el sol las desgarradas nubes
De fuego y oro vista,
Mientras el aire en su regazo lleve
Perfumes y armonías,
Mientras haya en el mundo primavera,
¡Habrá poesía!

Mientras la ciencia a descubrir no alcance
Las fuentes de la vida,
Y en el mar o en el cielo haya un abismo
Que al cálculo resista,
Mientras la humanidad siempre avanzando
No sepa a dó camina,
Mientras haya un misterio para el hombre,
¡Habrá poesía!

Mientras se sienta que se ríe el alma,
Sin que los labios rían;
Mientras se llore sin que el llanto acuda
A nublar la pupila;
Mientras el corazón y la cabeza
Batallando prosigan,
Mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡Habrá poesía!

Mientras haya unos ojos que reflejen
Los ojos que los miran,
Mientras responda el labio suspirando
Al labio que suspira,
Mientras sentirse puedan en un beso
Dos almas confundidas,
Mientras exista una mujer hermosa,
¡Habrá poesía!
Rima 62 (V). Espíritu sin nombre

Espíritu sin nombre,
Indefinible esencia,
Yo vivo con la vida
Sin formas de la idea.

Yo nado en el vacío,
Del sol tiemblo en la hoguera,
Palpito entre las sombras
Y floto con las nieblas.

Yo soy el fleco de oro
De la lejana estrella,
Yo soy de la alta luna
La luz tibia y serena.

Yo soy la ardiente nube
Que en el ocaso ondea,
Yo soy del astro errante
La luminosa estela.

Yo soy nieve en las cumbres,
Soy fuego en las arenas,
Azul onda en los mares
Y espuma en las riberas.

En el laúd, soy nota,
Perfume en la violeta,
Fugaz llama en las tumbas
Y en las ruinas yedra.

Yo atrueno en el torrente
Y silbo en la centella,
Y ciego en el relámpago
Y rujo en la tormenta.

Yo río en los alcores,
Susurro en la alta yerba,
Suspiro en la onda pura
Y lloro en la hoja seca.

Yo ondulo con los átomos
Del humo que se eleva
Y al cielo lento sube
En espiral inmensa.

Yo, en los dorados hilos
Que los insectos cuelgan
Me mezco entre los árboles
En la ardorosa siesta.

Yo corro tras las ninfas
Que, en la corriente fresca
Del cristalino arroyo,
Desnudas juguetean.

Yo, en bosques de corales
Que alfombran blancas perlas,
Persigo en el océano
Las náyades ligeras.

Yo, en las cavernas cóncavas
Do el sol nunca penetra,
Mezclándome a los gnomos,
Contemplo sus riquezas.

Yo busco de los siglos
Las ya borradas huellas,
Y sé de esos imperios
De que ni el nombre queda.

Yo sigo en raudo vértigo
Los mundos que voltean,
Yy mi pupila abarca
La creación entera.

Yo sé de esas regiones
A do un rumor no llega,
Y donde informes astros
De vida un soplo esperan.

Yo soy sobre el abismo
El puente que atraviesa,
Yo soy la ignota escala
Que el cielo une a la tierra,

Yo soy el invisible
Anillo que sujeta
El mundo de la forma
Al mundo de la idea.

Yo, en fin, soy ese espíritu,
Desconocida esencia,
Perfume misterioso
De que es vaso el poeta.
Rima 57 (VI). Como la brisa que la sangre orea

Como la brisa que la sangre orea
Sobre el oscuro campo de batalla,
Cargada de perfumes y armonías
En el silencio de la noche vaga,

Símbolo del dolor y la ternura,
Del bardo inglés en el horrible drama,
La dulce Ofelia, la razón perdida,
Cogiendo flores y cantando pasa.

220px-Monumento_a_Becquer_en_el_Moncayo

Monumento a Bécquer en el Moncayo

Los modelos poéticos de Bécquer fueron varios; en primer lugar, Heine; W. S. Hendrix señaló además a Byron y Dámaso Alonso aAlfred de Musset; también el conde Anastasius Grün, y sus amigos poetas españoles, en especial Augusto Ferrán. De todos hay rastros en su poesía.

Imagen Poética

101894010288774507_AXEtTXqb_c

Su idea de la lírica la expuso en la reseña que hizo del libro de su amigo Augusto Ferrán La soledad:

Hay una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la meditación y el arte, que se engalana con todas las pompas de la lengua que se mueve con una cadenciosa majestad, habla a la imaginación, completa sus cuadros y la conduce a su antojo por un sendero desconocido, seduciéndola con su armonía y su hermosura. Hay otra, natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye; y desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía. La primera tiene un valor dado: es la poesía de todo el mundo. La segunda carece de medida absoluta; adquiere las proporciones de la imaginación que impresiona: puede llamarse la poesía de los poetas. La primera es una melodía que nace, se desarrolla, acaba y se desvanece. La segunda es un acorde que se arranca de un arpa, y se quedan las cuerdas vibrando con un zumbido armonioso. Cuando se concluye aquélla, se dobla la hoja con una suave sonrisa de satisfacción. Cuando se acaba ésta, se inclina la frente cargada de pensamientos sin nombre. La una es el fruto divino de la unión del arte y de la fantasía. La otra es la centella inflamada que brota al choque del sentimiento y la pasión. Las poesías de este libro pertenecen al último de los dos géneros, porque son populares, y la poesía popular es la síntesis de la poesía.

108719778474761197_GtO9o3Bl_c

RELATED ARTICLES